3 feb. 2010

El ratoncito Pérez es cruel.

Lo primero que voy a hacer en este blog (amén de la presentación) es homenajear a mi padrino bloguero, "El pequeño José Luis", con una historia cruel y despiadada a su estilo. No creo que vuelva a hacer nada así, pero me permito el lujo de imitarle (que no copiarle) para realizar el susodicho homenaje.

Tendría yo la tierna edad de ocho años, poco más poco menos. Era un bonito día de primavera en la cálida ciudad de Cádiz. Me disponía a ir a misa (...todos tenemos un pasado oscuro...) con mi madre y mi hermano. Yo era un niño feliz, y más ese día: el sol brillaba, una leve brisa marinera mecía las hojas de los árboles, los pajarillos cantaban, las mujeres sonreían, los hombres se fijaban en lo que les rodeaba con cara de satisfacción, el cielo era azul, la ciudad estaba calmada y los niños jugaban a la pelota. En ese precioso día lo que más me apetecía a mí era ir a misa...

Pero a pesar del coñazo de la misa, yo era plenamente feliz. Tan feliz era que no podía ir andando por la calle como un niño normal y corriente, sino que yo debía mostrar mi alegría dando saltitos constantemente. Primero me impulsaba con una pierna, luego me impulsaba con la otra. No había nada más placentero en ese momento que impulsar mi cuerpo para demostrar al mundo lo feliz que era, lo contento que estaba, y lo satisfecho que me encontraba en ese preciso instante de mi mundo feliz.

El cabronazo de mi hermano, cinco años mayor, no hacía más que decirme: "niño te va caé", "que te cae niño", "ya verá como t'acaba cayendo niño". Pero esas palabras se las llevaba esa suave brisa marinera que tanto aportaba a mi idílico día y no llegaban a mis oídos (o más bien era un capullo y no le hice ni puto caso). Yo iba brincando, contento, agarrado de la mano de mi madre, y no iba a dejar que el aguafiestas de mi hermano me jodiera la felicidad.

Iba saltando, saltando, saltando, por la plazoleta de "pehcaíto" y de repente algo dejó de ser perfecto...esos maravillosos y milimétricamente calculados brinquitos me fallaron...¡qué putada! Mi pie derecho tocó el suelo con la puntera ¡y eso no era suficiente para impulsarme felizmente! ¡eso era suficiente para darme un carajazo enorme! y así ocurrió...

Noté que mi cuerpo se inclinaba más, y más, y más...empecé a preocuparme cuando vi que todas esas señoras felices y esos hombres satisfechos no estaban tan inclinados hacia adelante como yo ¡ni siquiera mi madre y mi hermano estaban tan inclinados como yo! Esto me dio que pensar, "creo que me estoy cayendo". Y efectivamente, me caí. Me caí de tal manera...tan de boca...que yo creo que nadie en el mundo se ha caído tan de boca como yo. No puse las manos primero, mi pecho no alcanzó antes el suelo...mi primer punto de apoyo fue mi boca. Esos tiernos labios, que aún no habían alcanzado una década, no fueron capaces de soportar el peso de un niño entero, y mucho menos con la fuerza de la caída del brinquito, que algo haría digo yo.

La escena que ocurrió a continuación de tal hostiazo fue realmente gore. Yo lloraba, en el suelo, desconsolado, cansado de vivir, tragando mi propia sangre, mis mocos y mis lágrimas (literalmente). No podía creer que ese día tan feliz incluyera este pasaje de dolor y sufrimiento sin fin. Mientras lloraba y lloraba en el suelo yo sólo necesitaba que me consolaran. Sólo necesitaba que me levantaran, me limpiaran la sangre, los mocos y las lágrimas y me dijeran "venga hombretón, que no pasa nada, que comes muchos Tigretón y eso te hace fuerte". Sólo necesitaba eso, y el dolor se habría convertido en un mal recuerdo, incluso puede que el idílico día continuara y esto se habría convertido en una mala anécdota momentánea. Busqué desesperadamente este consuelo (a falta de Tigretón...). Miré a la derecha, y lo primero que escuché, sin ni siquiera haber terminado de girar la cabeza, fue: "jajajaja ¡¡te lo dihe tonto!! jajajaja ¡qué tonto ere! ¡ve como al fina t'ha caío!". Mientras estas tiernas, sutiles y elegantes palabras de mi hermano llegaban a mis oídos, ya que la puñetera brisa marinera debía de haberse ido a fumar un cigarro, su dedo me señalaba, señalando al niño más imbécil de la plazoleta. Pero los ánimos de mi hermano no fueron la única novedad que descubrí al girar la cabeza. Me pasé la lengua por los dientes y...¡descubrí que una de mis paletas estaba rota! ¡qué horror! ¡era el niño más imbécil de la plaza y seguramente el único mellado! No podía más...la desesperación en mí era total, no podía casi respirar de tanta lágrima, tanto moco y tanta sangre entrando por mi garganta a la vez. Acudí a la única persona en la que podía confiar en ese momento, ese gran ser que, mitológicamente en la cultura española, todo lo cura, siempre sabe donde está todo y hace las mejores croquetas del mundo. En efecto, mi madre. Giré la cabeza, pero ella no estaba ahí. Era lo que me faltaba, me incorporé para buscarla, me sentía solo, desamparado en ese día cruel y trágico en el que los putos pájaros hacían tanto ruido y el sol daba unas calores de tres pares de cojones. Al incorporarme, al fin la vi, la encontré...la encontré agachada y rebuscando por el suelo, donde sólo había mierda y porquería. No tuve lo que había que tener para preguntarle qué coño hacía mientras su hijo acababa de caerse de boca, partirse una paleta, ver su vida pasar ante sus ojos y demás desgracias que me habían ocurrido. Pero de repente ella se volvió y me vio con cara de auténtico flipado..."calla niño, que he visto saltar un cacho de diente y estoy buscándolo para el Ratoncito Pérez".

¿EL RATONCITO PÉREZ? ¿Quieres dejar a ese asqueroso portador de enfermedades que se cuela en nuestra casa cuando dormimos como un puto maleante y atender a tu hijo?

No podía creerlo...pero así estaba ocurriendo. Al final lo encontró y empezó a hacer lo que todas las madres saben hacer mejor que nadie: croquetas...no hombre no, jeje. Me limpió la sangre, los mocos y las lágrimas, me limpió como pudo la ropita y me llevó a casa. Al menos ese día me quedé sin ir a misa, aunque ya me la sudaba, era un día de mierda.

Pero claro, la historia tiene un final feliz. Porque al día siguiente puse mi cacho de paleta bajo la almohada y me levanté con un muñeco de un malo de las Tortugas Ninja guapísimo que todavía conservo. Así que, visto por el lado bueno, fueron unos minutos de sufrimiento por muchísimos años de diversión. En verdad está bien. Ahora, claro...

Así que eso, la moraleja de esta historia es que cualquier día maravilloso e idílico de primavera puede convertirse en una catástrofe. Sobre todo para los que tenemos alergia a todo lo que nos rodea como servidor.

3 comentarios:

  1. Enhorabuena Bern por hacerte un blog... El mío lo tengo superdescuidado, algún día lo retomaré.
    Pero una aclaración:
    HA HABIDO ALGUIEN,Y ESE ALGUIEN SOY YO, QUE SE HA CAIDO MÁS DE BOCA QUE TÚ....
    Un abrazo y nos vemos en mes y medio cacho mierda!!

    ResponderEliminar
  2. jajajajjajajajajjajajajjajajajajajajjajajjajajajjajajjaajjajajajajajajajajajajajjajajajajajajajjajajajajajajjajajajajajajja

    Estaría así mil años más, no sabes cuánto me he descojonado...no me acordaba de que hay una persona, efectivamente tú, que se ha caído mucho más de boca que yo...jejejje.

    ResponderEliminar